LOS MONJES Y EL VINO. By David Bernardo López Lluch

En este capítulo vamos a hablar de monjes y vino en la Edad Media. Es necesario detenernos a meditar sobre la importancia que han tenido los monasterios en la transmisión del conocimiento sobre el vino en general. Además, no debemos olvidar que, según la leyenda, fue un monje el que inventó el champagne… aunque en otra ocasión hablaremos más despacio sobre este tema. En cualquier caso, la conexión entre la vid, el vino y los monasterios es mucho más íntima de lo que puede suponerse en un principio.

En el capítulo anterior terminamos hablando de Clodoveo I. Este rey es considerado el fundador de la dinastía merovingia (nombre que viene de Merovech, su abuelo). Esta dinastía gobernará a los francos durante casi 250 años, hasta el 752.

En aquel entonces, otros tiempos más felices y tranquilos se recordaban en Reims. De hecho, cuando Clodoveo y su ejército de francos pasaron por Reims (por el camino que hasta hace poco aún se conocía como el Grande Barberie) dirigiéndose a la batalla frente a Syagrius en 486, hay evidencias de saqueo. Así, es conocida la desaparición de un famoso jarrón de oro que uno de los “seguidores” del aspirante a monarca sustrajo de la residencia del obispo. No tenemos ninguna duda de que el nuevo dueño “rellenaría” varias veces con vino de la zona ese jarrón.

Ahora bien, tras aplastar a Syagrius en Soissons, el robo fue vengado con un golpe de hacha del mismo Clodoveo, que restituyó el jarrón robado, e hizo un tratado con el obispo San Remigio (hijo de Emilio, el conde de Laon). Además, como ya hemos comentado, Clodoveo se convirtió al Cristianismo y aceptó el bautismo de mano del mismo Remigio.

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Figura 1. Bautizo de Clodoveo

A partir de ahí, las leyendas han ensalzado la piedad de la reina Clotilde, la capacidad de San Remigio, así como la pompa y ceremonia que marcaron el bautismo de Clodoveo en Reims en diciembre de 496. También es conocida, aunque menos, la jugada maestra del obispo al hacer adorar al aspirante a rey la cruz que él mismo había quemado y obligarle a quemar, a su vez, a los ídolos que había adorado hasta la fecha. Otra bella historia es la de la Sainte Ampoule, de la que ya hemos hablado.

Además, los milagros que justifican la santidad de Remigio están vinculados al vino, tal y como muestra la representación que hay de unos de esos hechos en la fachada norte de la catedral de Reims. Los viejos arquitectos monacales, también, mostraron su aprecio por la vid, introduciendo continuamente festones esculpidos con hojas de parra entremezcladas con racimos de uvas en las decoraciones de las iglesias que construían. La iglesia de San Remigio, por ejemplo, que se empezó a construir a mediados del siglo VII, proporciona un ejemplo de esto en las molduras de su puerta principal; y la catedral de Reims ofrece varias muestras de un carácter similar.

Vino en agua

Figura 2 . San Remigio convirtiendo el agua en vino en la Catedral de Reims.

En cualquier caso, es obvio que el vino que fluyó libremente celebrando la conversión del rey de los francos debió ser ambrosía y que los feroces guerreros que acababan de conquistar Soissons y Tolbiac (esta última para frenar a los Alemani) saciaron su sed con el vino surgido de las vides en las colinas de los alrededores. Es sabido, de hecho, que el rey mismo se emborrachó, bien con una cuvée reserve surgida del viñedo que San Remigio había plantado en la finca familiar cerca de Laon, bien con la que su esclavo Melanio cultivaba para él solo fuera de los muros de Reims.

En medio de la anarquía y la confusión que marcó el débil reinado de la dinastía merovingia, encontramos una Francia a punto de caer en un estado de barbarie; y, aunque la Ley Sálica dictada por Clodoveo promulgase penas severas por arrancar cepas, es fácilmente entendible que la perspectiva de recibir en cualquier momento una orden de desalojo refrendada con la ayuda de un hacha de guerra no debe haber ayudado mucho a la idea de desarrollar proyectos de vitivinicultura duraderos. Es cierto que la Iglesia y sus propiedades, entre las que estaban la mayor parte de las viñas de Reims y Epernay, estaban ligeramente más protegidos aunque, con cierta frecuencia, ni las amenazas de los obispos ni la promesa de la venganza de los santos pudo reprimir los actos de sacrilegio y pillaje.

Durante la segunda mitad del siglo VI, Reims, Epernay y sus alrededores fueron devastados varias veces por las huestes de Austrasia, Neustria. Por ejemplo, Chilperico de Soissons conquistó Epernay en 562 y puso tantos impuestos sobre las vides y los siervos que en tres años los habitantes habían abandonado la zona. Para entender este lío hay que tener en cuenta que Clodoveo dispuso que su reino fuese dividido entre sus hijos a su muerte en 511: Neustria para Clotario, Austrasia para Teodorico, Orleans para Clodomiro, y París para Childeberto. Fue Pipino el Breve, a mediados del siglo VIII, el que reunificó los reinos pero, hasta entonces, entre unos y otros andaban degollándose, a pesar de eran sobrinos y primos.

Durante el siglo VII, mucho más pacífico, se construyeron muchas grandes abadías en la región de Champagne incluyendo Avenay, Epernay y Hautvillers. Durante los siglos siguientes, muchos monasterios se establecerán en esta región y para los benedictinos la producción de vino se convertirá en una de sus actividades más provechosas (ahora lo intentaremos explicar).

También es necesario mencionar, para insistir sobre la presencia e importancia del viñedo en la región en esta época, la plantación de nuevos viñedos en los dominios eclesiásticos por el obispo Romulfo y por su sucesor San Sonnacio. Este último, que murió en el año 637, legó a la iglesia de San Remigio un viñedo en Villers y al convento de St. Pierre les Dames (hoy desaparecido) uno situado en Germaine, en la Montaña de Reims.

Tal vez el santo esculpido en el exterior de la catedral de Reims, con sus pies descansando sobre un pedestal envuelto con hojas de vid y racimos de uvas, pueda haber sido concebido recordando a uno de estos prelados “vitícolas”.

Más tarde, se construirán catorce abadías cistercienses en el Marne. Así, se pueden citar como abadías construidas en el siglo VII en la parte septentrional de Champagne, fundadas por nobles y obispos en favor de la renovación monástica de San Benito: Saint-Rémi y Saint-Pierre en Reims, Saint-Pierre en Hautvillers, Saint-Pierre en Châlons, Saint-Sauveur en Vertus, Saint-Basle en Verzy, Sainte-Marie en Avenay y Saint-Pierre-Saint-Paul en Orbais, entre otras.

En el 754 se funda la dinastía carolingia que en el plazo de 50 años se convertirá en gobernadora de un imperio con la coronación de Carlomagno en el año 800. Esto tuvo un impacto fuertemente positivo sobre la producción de vino ya que Carlomagno animó activamente a plantar viñedos y a elaborar vino. Asimismo, también introdujo leyes en un intento por conseguir una higiene apropiada en la producción del vino, incluso promoviendo el uso de las prensas en lugar del pisado con los pies. La poderosa figura de Carlomagno, que cubría el conjunto de Europa al comienzo del siglo IX, aparece relacionada con Reims por varios motivos. Además, no era indiferente al buen vino; y sin duda, los vinos de la región de Champagne llenaron la copa mágica de Huon de Bordeaux, y se derramaron por los cuernos de Roland, Oliver, Doolin de Maguncia, Renaud de Montauban, y Ogier el danés, antes de ceñir sus espadas y emprender las luchas contra los sarracenos, el rescate de damiselas cautivas y la derrota de los caballeros felones tal y como nos cuentan las fábulas de Turpin y las Chansons de Geste.

En cualquier caso que el cultivo de la uva, y sobre todo la fabricación del vino, van progresivamente mejorando en esta época es un hecho ya que aparece la distinción entre los Vins de la Riviere de Marne y los Vins de la Montagne de Reims desde el siglo IX.

Hay más de un texto que hace referencia a la presencia e importancia de la viña y del vino en Champagne en la Edad Media. Tal vez uno de los más explícitos sea el Políptico de la Abadía de Saint-Rémi. El texto nos proporciona información sobre el registro de propiedades, los siervos y los ingresos de la abadía desde mediados del siglo IX. Permite identificar sin ningún género de dudas como poblaciones vitivinícolas a Beine, Courtisols, Crugny, Hermonville, Louvercy, Muizon, Rilly-la-Montagne, Sacy, Taissy y Treslon entre otras.

El oficio de viticultor debió ser importante ya que el documento lo referencia junto al de pescador y al de cocinero.

Por otro lado, bien por producción directa de sus viñedos, bien por regalías o diezmos, el libro computa para la abadía 1.567 barricas grandes (unos 4 000 hectolitros) de vino. También referencia tareas para la vendimia, para el acarreo de los vinos (ad vini conductum) e incluso mosto (mustum). Asimismo, habla de ciertas fiestas y ofrendas ewn las que era obligatorio el vino en botella (butaculas, plenas vino).

Podemos ver que los viñedos y el vino eran cosas comunes en Champagne en general y en las abadías en particular.

Es curioso observar la conexión entre la difusión de la viticultura y la del Cristianismo. Éste se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano hacía la primera década del siglo IV, y el paganismo fue prohibido por Teodosio al final de este siglo. Es durante este período cuando nos encontramos con la mayor difusión de la cultura de la uva por toda la Galia. También nos encontramos a San Martín de Tours predicando el Evangelio y la plantación de un viñedo.

Los capítulos y los monasterios se aplicaron en el cultivo de la vid y de ahí surgen muchos famosos viñedos, no sólo en Champagne, sino en toda Francia, como ya hemos visto. Muchos de los productos agroalimentarios tienen su origen en los monasterios que poblaron Europa entre los siglos IX y XV. Centrándonos en Francia, llegó a haber casi mil monasterios en el Medievo, de los cuales 251 eran abadías cistercienses y 412 benedictinos

Los monasterios eran de hecho un foco de estabilidad y notable innovación técnica en aquel momento. Los monjes y monjas pueden considerarse élite intelectual en aquellos tiempos ya que muchos podían leer y escribir (algo poco común en la Europa medieval). Además, era una fuerza de trabajo libre y altamente cualificada y que contaba con la ayuda de campesinos y artesanos pagados.

A pesar de que el tiempo reservado para la oración era importante por razones religiosas, la producción del monasterio podía ser más eficiente y por lo tanto más viable económicamente que el trabajo de artesanos y campesinos del mundo secular. Esto hizo que algunos monasterios llegasen a ser ricos en su apogeo (siglo XII). También es cierto que un monasterio podía llegar a tener muchas cargas y obligaciones: mantenimiento de los monjes y hermanos legos, cuidado de enfermos, ayuda a los pobres, atención al peregrino, etc.

El monasterio debía alimentar a todas las personas presentes y dependientes de la institución. Dado que, a menudo, las donaciones no eran suficientes, era necesario cultivar la tierra, criar ganado y, obviamente, trataron de generar excedentes de producción para venderlos y obtener dinero que sirviese para comprar otros productos. En caso de los monasterios benedictinos, el ritmo de vida tiene como eje principal el Oficio Divino (Liturgia de las Horas), que se reza siete veces al día, tal como San Benito lo ordenó. Junto con la intensa vida de oración en cada monasterio, se trabaja arduamente en diversas actividades manuales, agrícolas, etc., para el sustento y el autoabastecimiento de la comunidad, como ya hemos dicho. No olvidemos que el principio fundamental de la Orden Benedictina es Ora et labora, Oración y Trabajo

Con el tiempo, cada monasterio desarrollaría y se especializaría en determinados productos por los que se haría más y más conocido. Estos productos agroalimentarios son los que hoy llamaríamos productos “regionales” o tradicionales. Algunos de estos productos se siguen haciendo en monasterios aunque la mayoría de ellos ahora son fabricados por empresas no relacionadas con los monjes. De esta forma, los monasterios son fundamentales para entender el vino (la cerveza, muchos quesos y otros productos agroalimentarios).

En cualquier caso, en la Edad Media, el vino era la bebida común de todas las clases sociales en el sur de Europa, ya que se cultivaban vides con relativa facilidad debido al clima. En el norte y el este, donde era más difícil cultivar la vid, la cerveza era la bebida habitual de plebeyos y nobles. El vino se exportaba a estas regiones pero, debido a su precio relativamente alto, rara vez era consumido por las clases más bajas del norte de Europa.

Además y dado que el vino es necesario para la celebración de la Eucaristía católica, era fundamental asegurar su suministro. Los monjes benedictinos se convirtieron así en uno de los mayores productores de vino en Francia y Alemania, seguidos de cerca por los cistercienses. Otras órdenes, como los Cartujos, los Templarios y los Carmelitas, también fueron y son notables productores de vino y ya hemos explicado la razón.

Es fácil ver que, movidos por la necesidad, estos monjes aguzaron el ingenio y la observación, ganando en conocimiento y habilidad para cultivar la vid y hacer vino en unas condiciones climáticas nada favorables. De ahí a montar una industria hay un paso. Teniendo en cuenta, además, la pericia desarrollada podemos entender las razones por las que los monasterios son la cuna de muchos de los productos de excelencia agroalimentarios de Europa.
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Figura 3. Representación de un monje probando vino “Li Livres dou Santé” (manuscrito francés de finales del siglo XIII)

Además de lo dicho, debemos tener presente que el vino era parte fundamental de la dieta de un monje. Sólo como ilustración transcribimos la parte de la Regla de San Benito relativa a la ración de bebida para los monjes:

Cada cual ha recibido de Dios su don particular: unos uno, otros otro.
Por ello fijamos con cierto escrúpulo la cantidad de alimento que otros deben tomar.
Sin embargo, para atender a las flaquezas humanas nos parece bastar una hémina de vino al día para cada uno.
Pero aquellos a quienes Dios dé la fuerza de la abstinencia, sepan que tendrán su propia recompensa.
Pero si las circunstancias del lugar, el trabajo o el calor del verano exigen algo más, quede al arbitrio del superior, cuidando sobre todo no dar lugar a la hartura o embriaguez.
Aunque leemos que el vino de ninguna manera es propio de los monjes, como en nuestros días es imposible persuadirles de ello, convengamos al menos en no beber hasta la saciedad sino con moderación, porque el vino hace apostatar hasta a los sabios. Pero donde la circunstancia del lugar hace ver que no se encuentra ni la medida antes citada sino mucho menos o nada en absoluto, bendigan a Dios los que allí viven y no murmuren.
Por encima de todo recomendamos que se abstengan de murmuraciones.

Tal vez sea conveniente aclarar que la Orden de San Benito es la orden religiosa fundada por Benito de Nursia a principios del siglo VI en la abadía de Montecassino. Durante el transcurso de su historia, la Orden Benedictina ha sufrido numerosas reformas, debido a la eventual decadencia de la disciplina en el interior de los monasterios. La primera reforma importante fue la hecha por Odón de Cluny en el siglo X. Esta reforma, llamada cluniacense (nombre proveniente de Cluny, lugar de Francia donde se fundó el primer monasterio de esta reforma), llegó a tener una gran influencia, hasta el punto que durante gran parte de la Edad Media prácticamente todos los monasterios benedictinos estaban bajo el dominio de Cluny.

Tanto poder adquirido llevó a la decadencia de la reforma cluniacense, que condujo a la reforma cisterciense, palabra proveniente de Císter (Cîteaux, lugar de Francia donde se estableció el primer monasterio de esta reforma). Buscaban apartarse del estilo cluniacense, que había caído en la indisciplina y el relajamiento de la vida monástica. El principal objetivo de los fundadores de Císter fue imponer la práctica estricta de la Regla de San Benito y el regreso a la vida contemplativa. El principal impulsor de la reforma cisterciense fue San Bernardo de Claraval (1090-1153).

La orden cisterciense, mucha más austera que la orden benedictina, llega a la región de Champagne con la fundación de la abadía de Clairvaux en 1115 en el pueblo de Ville-sous-la-Ferté por San Bernardo, lugar en el que murió. A principios del siglo XIX este monasterio pasó a ser una cárcel.

Así, tenemos a los monjes aprovisionando a los nobles y a las nuevas ciudades de vino y otros productos. Su conocimiento del producto y de su calidad está más que contrastado. Así, por ejemplo, sabemos de un acuerdo afectando a la Abadía de San Remigio en Reims, redactado en 1218 entre el abad Pedro y una delegación de seis monjes que representaba al resto de los hermanos, por el que se establece que el vino para el consumo de estos últimos debía ser mejorado con el aporte de dos tercios de los productos del Clos de Marigny que debía ser apartado para su uso exclusivo.

Diez años más tarde, y con el objeto de poner fin a las quejas provenientes de estos dignos compañeros del Frere Jean des Entommeures de Rabelais, el mismo abad Pedro se vio obligado a aceptar que doscientos toneles de vino debían ser llevados cada año desde Marigny a la abadía para saciar la sed de su sediento rebaño, y que si por el motivo que fuese algún año no había suficiente, se traería desde los viñedos privados del Abad en Sacy, Villers-Aleran, Chigny y Hermonville.

Del mismo modo, y como evidencia del comercio, se sabe que los monjes tenían la costumbre de abrir sus monasterios para que los interesados pudiesen probar el vino que tenían para la venta. Lo sabemos, entre otras cosas, por la prohibición decretada en 1233 por un Consejo Eclesiástico en Beziers debido a cierto escándalo.

También tenemos constancia de la calidad de los vinos producidos por los monjes en la región de Champagne. El mismo Petrarca acusó a los Papas de su tiempo de persistir en su estancia en Aviñón cuando podrían haber vuelto a Roma, simplemente a causa de la bondad de los vinos que se producían allí. Siguiendo esa lógica, con la que estamos más que de acuerdo, puede venir el hecho de la selección de Reims, durante el siglo XII, como lugar para la celebración de grandes concilios presididos por el Sumo Pontífice en persona.

Tampoco tenemos duda de que Bibimus papaliter fue el lema de Clemente, Inocencio y Urbano cuando las labores del día estaban hechas, y que sus cardenales pedirían a coro, pensando en las tareas del día siguiente: Bonum vinum acuit ingenio, Venite potemus.

En cualquier caso, sirva este capítulo como homenaje a todos los monjes que han hecho posible que nos llegase hasta hoy el arte para la elaboración de todos esos maravillosos vinos y productos agroalimentarios. Como decimos siempre el conocimiento es la única base válida para el placer.

En el próximo capítulo nos ocuparemos de esta época desde una perspectiva más secular.




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